La historia de Frida Añez en Carabobo a partir de 1950

Este blog nos narra la historia de una mujer que marcó de forma única la cultura en Valencia, Estado Carabobo entre 1950 y 2000

7 de diciembre de 2012

"En 1955, la única hermana de la reina Elizabeth de Inglaterra, Margaret Rose Windsor, fallecida el 9 de febrero de 2002", asi reseñó en 1955 en una crónica Francia Natera, periodista, fallecida el martes 4 de diciembre 2012 a los 97 años de edad, quien como Frida Añez en Carabobo, forma parte de las mujeres leyendas que nos van dejando poco a poco


Evocación de Francia Natera, gran cronista venezolana




“Yo conocí a la princesa Margarita”
Por Milagros Socorro
En 1955, la única hermana de la reina Elizabeth de Inglaterra, Margaret Rose Windsor, fallecida el 9 de febrero de 2002, a los 71 años, fue forzada a cortar su noviazgo con el capitán de la Real Fuerza Aérea, Peter Townsend, porque éste había estado casado; y la Casa Real británica no estaba dispuesta a enfrentar otro escándalo como el que se había producido casi dos décadas antes, en 1936, cuando el propio rey Eduardo VIII, tío de las muchachas y padrino de bautismo de la menor de ellas, había abdicado para casarse con la norteamericana –también plebeya y divorciada- Wallis Simpson. Casi inmediatamente después del anuncio de la ruptura, la princesa Margarita, nacida el 21 de agosto de 1930 en el Castillo de Glamis en Escocia, emprendió un viaje oficial a las islas del Caribe, que fue cubierto por la periodista Francia Natera, legendaria cronista de El Nacional.
“La princesa venía precedida por la triste historia de su amor malogrado –rememora Francia Natera- y además era portadora oficial de la Casa Real de los documentos que daban la libertad a las colonias del Caribe. En medio del tumulto sentimental, la reina la envía al Caribe, entre otras cosas, para que se distrajera de lo que estaba viviendo y para que recorriera los dominios antillanos ingleses, que hacía mucho tiempo ninguno de ellos visitaba.”
Noticia apetecida por hordas de reporteros, la embajada inglesa en Caracas invitó cuatro periodistas venezolanos para integrar la comitiva de la princesa, segunda en la línea de sucesión al trono Británico, hasta el nacimiento de su sobrino el Príncipe Carlos en 1948. Entre aquellos periodistas estaba Francia Natera, gran cronista de El Nacional.
–Ella llegó a Trinidad –dice Natera-. Era la cosa más hermosa que te puedas imaginar, aquella muchacha de veinticinco años, esbelta, con un rostro precioso y un cutis perfecto. Yo nunca pensé que ella pudiera ser tan linda; esa familia nunca fotografió bien, aparte de que sabemos que no suelen ser muy agraciados, pero ella, más que eso, era preciosa. Hartnell, el famoso modisto de la época, le había diseñado un vestuario que tenía todos los colores del Caribe. Al llegar a Trinidad, la primera escala de su gira, apareció en la escalerilla del avión con un vestido verde caña de azúcar. Y así fueron todas las toilettes que fue luciendo.
“El día de su llegada hizo un recorrido por la isla, que terminó con una recepción oficial a la que asistimos los periodistas acreditados. Y fuera del salón se apiñaban montones de reporteros de todo el mundo, que no habían sido convidados pero que estaban detrás de la historia de amor que el mundo seguía con emoción y curiosidad. Al banquete de Estado que hubo esa noche, la princesa se presentó llena de joyas: una tiara cuajada de gemas, gargantilla, brazaletes, sortijas y, en el borde del escote, la condecoración de la reina Victoria. Cuando esa muchacha bajó la escalera de la casa del gobernador de la isla, una estupenda muestra de arquitectura insular, vestida con un traje de satén blanco, cruzado por la banda que le corresponde por su jerarquía, y llena de joyas que destellaban con las luces del salón, nos quedamos boquiabiertos: era una auténtica princesa de cuentos. La foto de esa ocasión le dio la vuelta al mundo porque el traje que Hartnell le había hecho a la niña despechada tenía un atrevido escote, insólito para la época, que dejaba ver la mitad de sus senos. El escándalo llegó al Parlamento británico.”
“La sentaron, me parece verla, entre el presidente de la Corte Suprema de Justicia, un señor grande y negro, y el gobernador de Trinidad, un inglés delgado y altísimo, ambos serísimos, tocados con pelucas blancas de bucles. En otras mesas, frente a ella, estábamos los periodistas y alcanzábamos a escuchar el diálogo, compuestos por las generalidades propias de esos banquetes. En un rincón estaba una orquesta de steel band tocando calipso y yo pude ver cómo ella, mientras seguía la conversación de los funcionarios, llevaba el ritmo con los pies. Fue una comida muy copiosa que incluyó cochinillo y varios pescados de la zona, todo regado con varios vinos y rones de la isla cuya batería de copas, incluida la de jerez prevista para brindar a la salud de la reina, se alineaban frente a los platos en una fila como de seis. Al final, entonamos el himno God save the Queen (Dios guarde a la reina). Y terminado el himno, la princesa encendió un cigarrillo que apenas chupó, pero era la señal para indicar que los caballeros podían fumar sus tabacos y pipas. En esa época, ella apenas bebía y fumaba”.
“Más tarde, ella subió a sus habitaciones y poco después nos anunciaron que estaba prevista una serenata por petición de la noble huésped. Salimos al jardín y allí estaba el grupo de músicos que empezó a tocar canciones pícaras, llenas de malas palabras y frases de doble sentido. Y ella, muerta de risa en el balcón, tiraba besos y saludaba, hasta que bajó y se unió a los músicos para bailar. Al día siguiente inició una gira por el interior de Trinidad, en medio de un solazo tremendo; los periodistas nos metíamos en todas las taguaras buscando refrescos que nos aliviaran el calor y ella permanecía sentada, como una criatura irreal, sin sudar ni sofocarse. Sorprendida, le pregunté al embajador inglés en Venezuela: ‘pero esa muchacha, ¿ni siquiera hace pipí?’. Y el embajador, muy formal, me dijo: ‘ellas están entrenadas para no hacer ni pipí’.
“En la rueda de prensa ofrecida por la princesa, tuvimos que atenernos a las rígidas normas impuestas por la Casa Real. Nada de preguntas personales, nada de comentarios insidiosos. Hasta guantes tuvimos que ponernos; imagínate yo, tomando notas en mi libreta con aquellos guantes blancos en aquel calorón. Por cierto que ella cambiaba los suyos a cada momento: venía una persona con una bandeja trayendo un par fresco con los que ella sustituía los que llevaba. No pudimos hacer contacto con ella, yo apenas le di la mano y entonces pude observar con detalle su gran belleza.”
“A la mañana siguiente nos embarcamos en el Britannia, el yate de la familia real, y salimos para Barbados. Los periodistas íbamos en el segundo piso de las embarcación y ella en el primero, de donde no salió en toda la travesía, que duró unas seis horas, debía estar exhausta. Bajamos en Barbados, donde se repitió la agenda: en el día la princesa exhibía sus trajes de colores vivos, que no repitió; y, en las cenas, las impresionantes joyas exigidas por el protocolo. En cada comida le servían productos locales, langostas, guisos al curry, frutas de la estación, que ella comía con mucho apetito. A pesar del drama sentimental que estaba viviendo, era una muchacha muy alegre y vital. La acompañamos hasta Kingston, Jamaica, donde los periodistas tomamos un avión y regresamos.”
Veinte años después, la princesa Margarita vino a Caracas –su única visita a Venezuela- a vender algunos de los terrenos que poseía en la isla de Mustique. Se hospedó en la casa de Reinaldo y Carolina Herrera, amigos del jet set frecuentado por la hermana de la reina, quienes la pusieron en contacto con los posibles compradores. En esa época, Francia Natera había dejado el reporterismo y se desempeñaba como jefe de prensa de La Casona, ocupada entonces por Carlos Andrés Pérez y su esposa Blanquita. En esa posición organizó un almuerzo para su alteza en la residencia oficial del presidente, al que asistieron las esposas de los ministros y varias damas señaladas de Caracas. “Yo me maté, con la jefe de banquetes de La Casona, para organizar un almuerzo regio, que incluía lo más refinado de la cocina criolla… pero la princesa despreció todo: en vez de probar bocado, se limitó a tomar, uno tras otro y sin parar, un mar de gin tonic. Cada vez que le pasaban una bandeja, decía: ‘no. Thank you, gin and tonic, please’. Hasta los tequeños los rechazó sin mirarlos. Y no dejaba de fumar. No se parecía en nada a aquella aparición que yo había visto, dos décadas antes, bajar de un avión en Puerto Príncipe, tenía grandes bolsas debajo de los ojos, estaba hinchada y ensimismada, ni siquiera conversó con nadie.” Afrentada, publiqué una crónica en El Nacional que titulé Gin and tonic.”

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