La historia de Frida Añez en Carabobo a partir de 1950

Este blog nos narra la historia de una mujer que marcó de forma única la cultura en Valencia, Estado Carabobo entre 1950 y 2000

29 de mayo de 2015

El género memorialístico ejerce sobre mí una especial atracción, porque de alguna manera muestra sin rubor el lado humano del artista, y deja como legado un fragmento de vida que de otra forma sería imposible conocer.En este sentido, cayó en mis manos una pequeña joya del autor mexicano Sergio Pitol (1933), titulada Memoria 1933-1966 (Ediciones Era, 2011), cuya primera edición, bajo el título de Autobiografía precoz, aparecería por allá en 1967...

De Pitol a Pitol

En "Memoria", recorremos los clásicos latinoamericanos de la mano de un testigo de excepción

RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
jueves 28 de mayo de 2015  12:00 AM
El género memorialístico ejerce sobre mí una especial atracción, porque de alguna manera muestra sin rubor el lado humano del artista, y deja como legado un fragmento de vida que de otra forma sería imposible conocer. Ahora bien, esto no quiere decir que cuando hacemos memoria y contamos nuestro devenir no estemos haciendo también un ejercicio literario (narrativa pura, pues), y la resultante sea un texto en el que los límites entre realidad y ficción sean difusos e indecisos. Muchos autores así lo han reconocido, y los lectores recorremos sus páginas agradecidos a la espera de poder hallar las claves que nos permitan distinguir entre una y otra dimensión; entre una y otra "verdad". Aunque, déjenme decirles, que lo más autobiográfico de los narradores esté precisamente en sus "ficciones".

En este sentido, cayó en mis manos una pequeña joya del autor mexicano Sergio Pitol (1933), titulada Memoria 1933-1966 (Ediciones Era, 2011), cuya primera edición, bajo el título de Autobiografía precoz, aparecería por allá en 1967 (para entonces quien esto escribe debutaba en el deleite de las primeras letras). Si de sacar cuentas se trata, nos sorprende constatar que el entonces joven escritor (con apenas 30 años) se dé a la tarea del santo oficio de la memoria -como diría Mempo Giardinelli- para contarnos con austeridad los sinuosos inicios de su carrera de escritor, y de fijar a tan temprana edad el canon que regirá lo más importante de su obra por venir. Riesgosa y osada tarea, sin duda.

Leemos con disfrute estas breves páginas, que no se detienen en detalles intrascendentes, para corroborar lo dicho por otros grandes de la literatura universal: la escritura siempre será un oficio autobiográfico. Nos dice Pitol: "Estoy presente en todo lo que escribo, a pesar de a veces buscar una forma de desaparición". De inmediato se interna en sus raíces italianas, en sus correrías de infancia, en ese preguntarse acerca de la naturaleza de lo que escribe, para terminar reconociendo que la autobiografía de un artista deberá partir siempre en el momento cuando decide dedicarse al oficio. Si bien el texto que leemos nace como respuesta a un encargo hecho por "don Rafael Giménez Siles", quien le solicitara "esta especie de sinopsis de (su) vida", se pregunta Pitol: "¿no obedecía a una especie de triste grafomanía el hecho de escribir una autobiografía a los treinta años sin haber realizado nada memorable, sin ser el escritor que lograra trascender a la minoría de sus amigos?".

Deliciosas las páginas de Memoria, en ellas recorremos los clásicos latinoamericanos de la mano de un testigo de excepción. En sus laberintos se pasean hombres como Juan Rulfo, Alfonso Reyes, Julio Cortázar, Mariano Picón Salas, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Oswaldo Trejo, Salvador Garmendia y Jorge Luis Borges. Acompañamos a Pitol en sus viajes por el mundo, en su pasión por el arte pictórico, en su asombrada estancia en Venezuela, así como también en su eterna -y tal vez utópica- búsqueda de la libertad como signo de rebeldía.

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com

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